Vinícius Júnior nació hace 25 años en Sao Goncalo, un municipio de Niterioi, lejano del glamour de Ipanema o Leblon. Zona de fábricas, casi un dormitorio obrero donde los más pequeños aprenden habilidades y picardías en los campos de tierra, pelados, tan olvidados como los habitantes de la zona.

Saltó a estrella rápidamente. Vinicius es lo que es porque viene de donde viene y todavía no aprendió eso del “señorío” del Real Madrid. Prestianni tiene 20 años. Nació en Ciudadela. Otro dormitorio obrero al que la crisis crónica apenas deja correr detrás de la pelota como estímulo de vida y, si tienen condiciones y suerte, llegar al fútbol profesional. Hay que ser valiente (y pícaro) para jugar en los potreros que aún quedan en las cercanías de Fuerte Apache. Hace dos años, con 28 partidos y tres goles en Vélez fue vendido al Benfica en 9 millones de euros.
Orígenes pobres en barrios duros. Poca escolaridad, tal vez guías erróneas. De ahí vienen los dos. No los justifica pero ayuda a entender un poco lo que pasó (o no pasó) en el escándalo de Benfica y Real Madrid por la Champions.
Más interesante es apuntar a la moral europea que condena rápido, sin mirarse el ombligo. Cientos de extranjeros (sudacas, africanos, asiáticos) son maltratados (si tienen suerte y los rescatan de las pateras) por ir a buscar mejores condiciones de vida que los ofrecen sus lugares de origen. Tampoco esto justifica lo que pasó en Da Luz, pero ayuda a entender lo que todavía no se sabe bien que ocurrió.
Vinicius, como tantas veces, provocó. Hizo un golazo del crack que es, lo festejó perreando en el banderín del córner frente a los aficionados del Madrid y cuando volvía al medio para la reanudación se mofó de los hinchas del Benfica tomándose la camiseta por los hombros. Mostraba su pertenencia. Es jugador del “mejor club del mundo”. Eso desató la ira de Prestianni que fue a increparlo. Vinicius, cuando la tangana se terminó, debió ser expulsado. Tenía amarilla y metió un patadón de atrás que los árbitros españoles consultados por los diarios españoles coinciden en que era segunda amarilla y roja. Pero es Vinicius. Y es del Madrid. Mucho antes debió ser roja directa para Fede Valverde por una trompada clara a un adversario en una disputa sobre un lateral. El video no miente. Valverde jugó todo el partido.
— SportsCenter (@SC_ESPN) February 17, 2026
Prestianni, si cometió un crimen, hizo el crimen perfecto. Se tapó la boca y dijo lo que dijo (¿Mono?) a Vinicius. Lo niega. Hasta ahora no hay audio que compruebe el insulto racista. Algo dijo. Lo que fuere. Lo que tantas veces hizo en los campos pelados de Ciudadela. Lo que tantos jugadores hacen: taparse la boca y hablar, como explicó su posteo de ayer a la mañana. El único que reaccionó de inmediato fue Mbappé, otro acostumbrado a los conflictos reiterados con árbitros y adversarios. No importa, como ocurre con Las Vegas, lo que pasa dentro de la cancha…
Lo llamativo es la reacción del ambiente del fútbol políticamente correcto. Empezando por la UEFA a la que no le queda más remedio que iniciar una investigación. Sería bueno que también investigue las incontables sospechas corrupción, amaños y arreglos turbios en el fútbol del continente. Río Ferdinand, desde la impoluta elegancia de Londres salió a condenar a Prestianni como si el chico fuera socio del Ku Klux Klan. También Thierry Henry, aquel que hizo un gol con la mano jugando para Francia ante Irlanda que le dio la clasificación a los Blues al Mundial 2010 y nunca se disculpó. Hay mucha paja en el ojo ajeno. Ferdinand y Henry son apenas dos ejemplos de la premura de las conciencias prístinas en buscar culpables y condenar sin tener certezas.
Si Prestianni dijo lo que dicen que dijo, naturalmente debe ser sancionado. Hay que probarlo. Y aunque no se pueda, ya quedó marcado. Vinicius debe una expulsión y la revisión de una conducta provocativa permanente hacia árbitros, rivales y aficionados. Nunca llamará “mono” a nadie. Hay otras maneras de ofender. Y de manchar la pelota. Qué joder.
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